Camilo meditó las palabras de Jesús: "Estuve enfermo y me visitaron; cuantas veces lo hicieron a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicieron" (Mt 25,36-40). Su experiencia de fe en estas palabras lo llevan a exclamar: "Los enfermos son la herencia y patrimonio de Cristo, pupila y corazón de Dios, la misma persona de Cristo. El que sirve a los enfermos, sirve y cuida a Cristo nuestro Redentor".
También el hospital para él "es el jardín perfumado y delicioso de la caridad, el paraíso terrenal con la esperanza y garantía de alcanzar también el del cielo". Para Camilo es natural pasar directamente de la oración al ejercicio de la caridad; de la adoración a las obras de misericordia; del Cristo presente en la Eucaristía al Cristo presente en el enfermo. Lo atiende de rodillas y exclama ante él: "Señor mío, ¿qué más puedo hacer por ti? Servirte es todo mi fin y consuelo".
A veces lo veían al lado de los enfermos con el rostro encendido como en éxtasis, pensando en servir a su amado Señor Jesucristo. Con insistencia recuerda a sus religiosos: "Padres y Hermanos míos, miremos en los pobres enfermos a la persona misma de Cristo. Estos enfermos a quienes servimos, nos harán ver un día el rostro de Dios". Para Camilo ninguna profesión o vocación puede ser más sublime que la del servicio a los enfermos; por ello afirmaba: "Entre las obras de caridad cristiana ninguna agrada más a Dios que la del servicio a los pobres enfermos".
De todo esto nacen sus bienaventuranzas:
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