Dios lo quiere en el hospital, enfermo al servicio de los enfermos: a él, Camilo, con su larga y dolorosa experiencia de enfermo y de aventurero. A él, pecador, lleno de defectos; pero ¿pueden los defectos y hasta los pecados impedir el plan de Dios sobre un hombre? Camilo decide entregarse totalmente a los enfermos hasta la muerte, a ellos, a quienes nadie quiere ayudar, porque le causan repugnancia. No es de extrañar eso, pues los hospitales de esa época eran muy sucios y llenos de parásitos, donde los sirvientes eran irresponsables y sin amor; dejaban a los enfermos sumergidos en sus propias inmundicias, sedientos hasta el punto de beber sus propios orines...
Camilo observa, reacciona y se dedica de tiempo completo y de lleno al trabajo de enfermero. Lo nombran mayordomo, algo así como gerente. Así tendrá más libertad para hacer y deshacer, para introducir reformas suyas: recibir con amabilidad a los enfermos, bañarlos con agua y hierbas aromáticas, darles una buena cama, curarlos en el cuerpo y en el alma, sin violentar las conciencias.
"Tratemos bien a estos enfermos, tratémoslos como personas; así se sentirán amados y buscarán también la renovación espiritual”: exhortaba sin cansarse. La lección más convencedora la ofrece con su ejemplo: los enfermos más sucios, indeseables, fastidiosos, se los reserva para él. Trabaja y se entrega día y noche sin descanso. Su celo y la defensa de los derechos de los enfermos molestan a muchos, pero ¿qué puede hacer él solo? Camilo medita y ora.
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