Reportaje
Las mujeres en el mesón...
Hablar de la historia del Mesón de la Misericordia desde sus MUJERES, es recordar la sonrisa de Silvia, el dolor de Amalia, la lucha de Ana, la esperanza de Rocío, el miedo de Maritza, el ingenio de Luz Elena alias “la chapulina”, la aceptación de Teresita, Antonia, la Güera, Carmen y Marichuy, quienes desde hace años gozan de su plenitud espiritual, habiendo dejado huella de su lucha por la vida.
Es traer a la mente a Martha, quien en el 96, se cambió a vivir a otra orilla de la ciudad, porque en su colonia ella y su familia fueron rechazados y expulsados por “sidosos”. Fue la primera en fallecer, tres años antes incluso que su esposo, porque su diagnóstico fue tardío y para ella los medicamentos no llegaron a tiempo.
Es evocar a Yolanda, profundamente guadalupana, trabajadora y agradecida. Primero sepultó a su pequeño de 6 meses quien, para ella, “murió de diarreas”. Luego, la enfermedad se manifestó en la vida de su esposo, a quien cuidó al pie de la cama en el albergue del Mesón, la misma que ella después ocuparía, cuando el sida le quitó la fuerza de su cuerpo pero no la fe de su espíritu. Tal como lo pidió, fue vestida de novia para encontrarse de nuevo con su querido Uriel.
Es ver, en un escenario más oscuro, a Lupe, quien, conociendo los diagnósticos de su esposo, su hijo y ella misma, se ha quedado en la negación. No acude a sus citas médicas, por lo tanto no toma medicamento. No lleva a su niño a la escuela para evitar que vayan a darse cuenta de la enfermedad y sufra rechazo. Lupe necesita más tiempo, necesita que llegue su momento.
Es encontrarnos con Rosa, viuda a causa del sida, quien hasta ahora, deja el surco de los cultivos donde trabaja en el corte de chile y ajo, con lo que sobrevive para venir a Guadalajara a traer al más pequeño de sus hijos a la consulta médica, porque, al igual que ella, Juanito también vive con el VIH.
Es ver a Virginia, con sus ojos verdes con frecuencia llenos de lágrimas. Ella pensó que su historia sería como la de su marido, y que sólo le quedaban tres meses de vida. Su mayor dolor era dejar a sus hijos de 2, 4 y 7 años. Hoy Luis de 18, Paty de 20 y Alejandro de 23 años, saborean y le agradecen la comida que les prepara todos los días, incluyendo los lunes en que sale de casa de prisa, para participar en un grupo en el Mesón donde acompaña a otras mujeres que ante el diagnóstico VIH positivo, viven lo que ella pasó años atrás.
A Doña Ofelia, siempre servicial y amorosa, quien cada cuatro meses llega al Mesón cargada de nísperos para compartir, cuando viene a traer al menor de sus tres nietos, de los que ella se hace cargo desde que sus padres murieron de sida. Hace 16 horas de camino y no falta nunca a una cita. Dice que el servicio en su tierra no es igual de bueno que el de los doctores de infectopediatría del Hospital Civil “viejito” y, por el bien de su nieto, prefiere hacer el esfuerzo.
Es alegrarnos al ver a María, tarasca de Michoacán. Joven sonriente, para quien las frecuentes enfermedades en su hijito de 8 meses, fueron el detonante de la presencia del VIH en su vida y la de su bebé. Para entonces tenía 5 meses de embarazo de su segundo hijo, quien gracias a Dios, a la intervención oportuna del tratamiento integral y a su responsabilidad, en 2007 fue dado de alta al cumplir sus dos años libre del virus. Ella se había casado a los 14 años y enviudado a los 17, sin saber que su primer esposo había muerto de sida. Hoy, estable en su salud igual que sus hijos que ya van al jardín de niños, cuenta los días para irse al Foro sobre VIH y sida en Chilac, Puebla, donde compartirá su testimonio con otras mujeres indígenas.
Cuando el Mesón nació a finales de 1995, la población femenina representaba 12 % de la población atendida, hoy es el 29 %. Son hasta la fecha de esta publicación, 473 mujeres entre amas de casa, comerciantes ambulantes, trabajadoras domésticas, lavacoches, estudiantes, campesinas, sexo-servidoras, profesionistas, cuyas vidas han sido transformadas mediante su respuesta ante el impacto del VIH y sida.
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