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Reportaje
«Niños y VIH»

Testimonio ofrecido en la Preconferencia Ecuménica, julio de 2008, en la plenaria «Niños y VIH», en la ciudad de México
Laura es una joven que nació con VIH. Ahora tiene 19 años y es estudiante de Trabajo Social. Es originaria del estado de Jalisco

El que no me vean sentada frente a ustedes y junto a las dos personas que ya hablaron, es parte de la respuesta acerca de lo que vivimos los niños y jóvenes que vivimos con VIH... Me refiero al miedo a que nos conozcan, nos señalen y que alguien nos lastime al discriminarnos.
Sin embargo, no quise dejar mi lugar vacío... ahí coloqué una manta que dice muchas cosas del tema «Niños y VIH», en el que hoy me invitaron a participar.
La pintura se llama «Tres amores» y fue pintada hace tres años por dos niñas y un niño muy especiales en mi vida, ya que con ellos conviví en el Mesón de la Misericordia, una organización civil que existe desde hace doce años y a la que llegué cuando tenía apenas 8. En este lugar ellos vivieron buena parte de su vida.
Como ven, la manta está dividida en tres secciones. Me gustaría que por favor observaran la pintura.
Los niños que la pintaron tienen en común que los tres perdieron a su mamá a causa del sida, los tres nacieron con VIH y toman tratamiento antirretroviral desde pequeños; los tres vivieron el abandono de su familia por los menos durante algunos años, y también los tres encontraron su hogar en el Mesón.

Les cuento que yo bien podría pintar la cuarta sección de la manta, pues he vivido lo mismo que Mari, Carlitos y Rosy. Mari, en la primera imagen, la de la izquierda, pintó a su mama haciendo el quehacer y luego puso dos corazones, el de su papá y el de su mamá, como ella se los imaginaba en el Cielo; Carlitos, en el espacio del centro, pintó una televisión y en la pantalla puso un corazón que –dijo– era la casa de su mamá Genara, que vivía en el Cielo; Rosy dibujó a su mamá comiendo sopa y, más arriba, si ustedes le ponen un poco de imaginación, es la imagen de la Virgen de Guadalupe, a la que ella conoció y empezó a amar en la capilla del Mesón, donde vivió desde que tenía 9 meses y un pronóstico –según los doctores– de sólo un mes de vida.

Con excepción del abandono, yo he vivido lo mismo que ellos tres, pues desde que murió mi mamá, que se tuvo que ir lejos de mí y de todos nosotros, cuando yo acababa de cumplir 5 años, mi familia y el Mesón siempre han estado conmigo, queriéndome y apoyándome en mi camino.

Recuerdo que después de que murió mi mamá, mi papá también se fue. Yo preguntaba dónde estaban pero nadie me contestaba nada. Esto es algo muy común y muy doloroso que vivimos los niños con VIH: preguntamos por nuestros papás y nadie nos contesta, pues el hecho de que hayan muerto de sida lo hace un tema intocable. Como no podemos hablar de esas pérdidas, vamos creciendo y acumulando los sentimientos que un día nos llevan a explotar.
Yo soy la primea niña que llegó a la organización. Yo crecí con el Mesón y ellos crecieron conmigo. De ahí me llevaron al hospital y mis doctores me dieron muchos medicamentos y me apoyaron. Así ya no faltaba tanto a clases.

Por otro lado, yo preguntaba en mi casa: «¿Por qué cada vez tengo que tomar más dosis de medicinas y por qué me sacan sangre tantas veces al año?» Me decían que tenía anemia, pero yo dudaba mucho.

Un año después de tanto investigar, de buscar en la basura los instructivos de las medicinas que mi familia tiraba para que yo no me diera cuenta de la verdad, los encontré, los leí, hice conjeturas que me llevaron a darme cuenta que tenia VIH: preferí callar y guardarme el secreto, al igual que mi familia.

Decidí despedirme en silencio, pues creía que me moriría.
Me dolió mucho saber que mi familia no me pudo decir la verdad, pero después comprendí que era porque me querían mucho y no querían que yo supiera y sufriera lo que ellos ya habían vivido con mi mamá. Ahora, desde mi dolor, pienso que hablarme con la verdad hubiera sido la mejor manera de protegerme.

Los niños que ahora asisten a los talleres del Mesón, trabajan sus sentimientos y el dolor por sus pérdidas, saben que se trata del VIH y están conscientes de la importancia de la adherencia al tratamiento y sus cuidados; se comprenden y apoyan entre unos y otros, porque viven la misma situación. Pueden comunicar las situaciones de rechazo que han vivido, cómo les ayuda el Mesón, su esperanza de que se encuentre la curación para el VIH y de lo que platican con Dios.

Por mi parte, doy gracias a Dios nuestro Señor, porque despierto cada mañana, porque puedo ver, hablar, y estoy completa; porque no me hace falta nada y porque, a pesar de vivir con VIH, quiero seguir adelante, seguir en mi camino como hasta ahora, y con anhelos de cumplir mis más grandes sueños.

Quiero decirles que, ante las situaciones que ya he mencionado con anterioridad, como la orfandad, el rechazo, el que no nos hablen con la verdad, que no podamos hablar de las pérdidas de nuestros seres queridos, el vivir para siempre con medicamentos, lo más importante es tener y sentir apoyo, amor; saber que no estamos solos en esta lucha. No sentirnos menos, al contrario, estar orgullosos de nosotros mismos y que, aunque el pronóstico sea difícil, tengamos la seguridad de que lo podemos convertir en un propósito de salir adelante y no rendirnos.

Necesitamos tomar fuerzas y recuperar las esperanzas de vivir y de seguir cumpliendo sueños, metas a lo largo de nuestros caminos, porque el VIH no es un impedimento para vivir si pensamos positivamente; le echamos ganas y continuamos sin desertar en todo este proceso, luchando hombro con hombro y de corazón a corazón hasta el final.
Yo los invito, a nombre de todos los niños y jóvenes con VIH, a que nos acompañen con amor, con información, con su fe en acción, para que la experiencia que hoy vivimos sirva a los demás, porque sé que no todos los niños del mundo tienen tratamiento para el VIH, ni tienen unos doctores como nosotros, ni una casa como el Mesón.
Laura

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