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Editorial
Comer, entre el espectro del hambre, consejos de los nutriólogos y factor simbólico

Los periódicos y otros medios de comunicación nos alertan, tal vez hasta asustan, sobre el tema del regreso del hambre en el mundo o el aumento en el costo de los alimentos, debido a factores «humanos» como el calentamiento global o el uso de alimentos para fines industriales, es decir, para producir combustibles.

El problema se vuelve agudo; afecta el bolsillo y... el estómago de muchos millones de personas; como siempre, los más desprotegidos. Los gobiernos hacen lo que está en su poder para aminorar las consecuencias negativas, sin embargo parece que el «mercado» es autónomo de cualquier consideración social y ética, y va por su cuenta. Nos queda, eso sí, la posibilidad de elecciones familiares y de solidaridad comunitaria, sin esperar una solución en las diferentes «cumbres» de gobernantes de los países ricos. Hay posibilidades de desarrollar un microcomercio más solidario y la inteligencia para racionalizar los recursos y transformar la falta de éstos en oportunidad para desarrollar hábitos mejores (y más económicos) de alimentación.

«La información es necesaria, sin embargo, no cambia la conducta»: escuché esta amarga consideración respecto a los hábitos alimenticios, y me preguntaba cómo podríamos favorecer un cambio de las costumbres y rutinas, no sólo en el campo nutricional. También, reflexionaba en estos días sobre la importancia de los «deseos» en el sector de la motivación; éstos son un motor importante para alentar nuevos intentos y nuevas rutinas en todos los sectores de la existencia.

Conjugando las dos reflexiones, pienso en la hipótesis de que un cambio en la manera de alimentarse se puede lograr uniendo los esfuerzos: una información correcta, verídica, tal vez también «amenazadora» respecto a las posibles consecuencias negativas en caso de rechazo de un cambio; al mismo tiempo, una propuesta «positiva» que aliente el «deseo» de intentar nuevos caminos e implantar cambios. Muy a menudo, las campañas sobre la alimentación-nutrición tienen tono «terrorífico», asustan y nos hacen sentir «inadecuados» respecto al desafío, pero, al mismo tiempo, paralizados, bloqueados ante la perspectiva de un cambio: «Quiero el cambio, porque pienso que es útil y positivo, sin embargo no puedo». Sí, la información debe fundamentarse en una sólida motivación al cambio.

Comer, alimentarse, nutrirse, no es sólo una necesidad fisiológica; conlleva muchos aspectos simbólicos y relacionales: encontrarse, cuidar unos de los otros, compartir, dialogar, crear amistad y lazos duraderos, etcétera. Pese a todas las dificultades económico-sociales y de mercado; pese a todas las problemáticas ligadas a las nuevas formas de producción (los alimentos modificados genéticamente, por ejemplo), nos corresponde dar un «sentido humano» a este gesto necesario y cotidiano.

 

 

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