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Reportaje
¿Vejez, edad adulta tardía, tercera edad, ancianos o adultos mayores?

Por Psic. Lilia Guadalupe Ruiz Juárez

En nuestra cultura actual, que construye un altar a la eterna juventud, de piel sin arrugas, sin depósitos de grasa, de cabello «brillante y abundante» con color estupendo, donde las canas no tienen lugar; que pregona la «necesidad» de mantener una buena «capacidad amatoria» con «grado 4 de firmeza» y multiorgasmos; en una sociedad donde lo que vale es la eficiencia, la competitividad, la producción; donde la masificación, el relativismo de los valores, el estrés de la vida acelerada, la familia nuclear (que pierde los lazos con la familia extensa), transforma nuestra forma de vivir; en una sociedad donde no hay lugar ni tiempo para los ancianos y, sin embargo, se prolonga la vida cronológica, resulta difícil abordar el tema de la vejez. Por eso usamos diferentes eufemismos: «edad adulta tardía», «tercera edad», «edad de oro», «adultos mayores»... La realidad es que el proceso de envejecimiento, aunque con características no siempre agradables, será lo normal para aquellos que la vida les permita acumular años.

¿Cuándo inicia este periodo?

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el envejecimiento no es simplemente un proceso físico, sino más bien un estado mental. Así, la edad a partir de la cual se considera que una persona ha entrado en la vejez, se ha ido elevando a través de los siglos y, sobre todo, en últimas fechas.
Durante el imperio romano, el límite de vida se encontraba alrededor de los 23 años; en el siglo XIX, una mujer de 30 años se consideraba en los umbrales de la vejez; a comienzos del siglo XX, el promedio de vida no pasaba de 47 años. En 1930, la expectativa para varones sobrepasaba los 60 años; en 1940, los 63, y en 1970, entre 70 y 75. Actualmente ha aumentado la longevidad, llegando a los 80 años o más, especialmente en los países desarrollados.
Se trata, pues, de la etapa final de la vida, y comienza aproximadamente a los 60 años.

Características de la edad adulta tardía

Se presenta una progresiva declinación biológica, que se manifiesta en disminución de las capacidades sensoriales, motrices y fuerza física; dificultades circulatorias y, en general, deterioro gradual del funcionamiento del organismo. Producto de este estado biológico y los factores ambientales, también se deterioran las funciones psicológicas: inteligencia, memoria, pensamiento, emociones, etcétera. Posiblemente se va perdiendo el interés por el presente, evocando constantemente el pasado y teniendo dificultades para adaptarse a la vida.
Sin embargo, la edad adulta tardía es también la etapa de desarrollo durante la cual las personas clarifican y encuentran utilidad para aquello que han aprendido a través de los años. Las personas adultas mayores tienen ahora una nueva conciencia del tiempo y quieren usarlo para dar un legado a sus hijos o al mundo, entregar los frutos de su experiencia y validar su vida como algo que ha tenido pleno significado. Muchos ancianos reexaminan su vida, mirando tanto hacia atrás como adelante, y deciden cómo usar el tiempo que les queda.
Según Erick Erickson, la crisis final de la vida es la lucha entre la integridad y la desesperación, y culmina en la virtud de la sabiduría. Los ancianos necesitan aceptar su vida y la proximidad de la muerte, y entonces se sentirán integrados; si fracasan, se sentirán abrumados al comprender que el tiempo es demasiado corto para comenzar otra vida y, por tanto, serán incapaces de aceptar la muerte y la desesperanza hará su aparición.

Las dificultades

En la sociedad actual, el hombre y la mujer que se enfrentan a la realidad del envejecimiento, es probable que vivan la etapa de su jubilación y retiro como situación de pérdida, minusvalía y marginación social; pueden empezar a percibirse como seres que ya no cuentan mucho para los demás, porque los demás no cuentan con ellos. En las familias de hoy, el abuelo y la abuela ya no aparecen como una figura presente, con papeles definidos y auxiliares en la educación de la familia; son más bien un «problema» que dificulta la vida acelerada. Así, es fácil que para muchos ancianos su autoestima (producto de su autoimagen y autovaloración) sufra un serio menoscabo.
Cuando el propio ser, la propia vida, carecen de significado, se da también la experiencia del vacío existencial. Este sentimiento, que es síntoma masivo de nuestra sociedad actual, aunque no exclusiva de la edad adulta mayor, se agudiza en ella. Entonces es posible que el anciano entre en una seria depresión que dificulte el enfrentamiento de las tareas de esta edad.
Al llegar a la edad adulta mayor, las personas perciben que los ambientes cambian y empiezan a resultarle lejanos o de menor interés. Y, aunque esto es normal en todas las etapas evolutivas de la vida, en la vejez se torna un problema, dado que el anciano se encuentra sin las herramientas que le permitan un trabajo de adaptación, como las motivaciones y refuerzos sociales. Así, no puede adquirir nuevos hábitos para adaptarse a las nuevas circunstancias y, entonces, se vuelve rígido e irritable.

Lo que hace la diferencia

Dado que en la vejez se acentúan los rasgos que distinguieron el carácter en la adultez, y el individuo ya no es capaz de ejercer un completo control y dominio de sus manifestaciones psicológicas, las personas que han tenido una adultez inmadura no saben adaptarse con facilidad a sus nuevas condiciones de vida. Entonces tienden a la desconfianza, el egoísmo, la crítica aguda (especialmente a los jóvenes) y reaccionan agriamente contra sus familiares y el ambiente social. En cambio, quienes fueron adultos maduros se adaptan mejor a su nueva situación, la viven con optimismo, buen humor y generosidad.
En personas especialmente dotadas, la ancianidad es una etapa de gran comprensión, equilibrio y productividad. Tal es el caso de personalidades ilustres que siguieron contribuyendo activamente a la vida social y cultural de su época, cuando ya la mayor parte de sus coetáneos descansaban en lugares de retiro.

Tareas para una ancianidad sana

Según Robert Peck, los cambios en la edad adulta mayor requieren adaptaciones que permitan a la persona moverse más allá del interés por el trabajo, el bienestar físico y la sola existencia. En otras palabras, las personas ancianas necesitan encontrar nuevos intereses y nuevas fuentes de autoestima, para tomar el lugar de sus anteriores roles de trabajo y compensar pérdidas físicas.

Autodefinición más amplia
Las personas jubiladas, en especial, necesitan redefinir sus méritos como seres; explorarse a sí mismas y encontrar otros intereses para que tomen el lugar del trabajo (laboral u hogareño) que había dado dirección y estructura a la vida. Si la persona puede estar orgullosa de sus atributos personales, más allá de su trabajo, podrá mantener su vitalidad. Es importante que el anciano reconozca que su ego es más rico y más diverso que la suma de sus tareas laborales.
Trascender el cuerpo
Las personas que han hecho énfasis en el bienestar físico como base de una vida feliz, pueden hundirse en la desesperanza por la disminución de las facultades o sentirse molestas por los dolores normales de esta etapa. Quienes se centran en las relaciones y actividades que no exigen perfecta salud y capacidades juveniles, se adaptan mejor. Este trabajo tendría que empezar desde la edad adulta temprana, cultivando facultades mentales y sociales que pueden crecer con la edad, junto con atributos como fortaleza y coordinación muscular, que tienen probabilidad de disminuir a través de los años.

Trascender el ego
Es la adaptación más difícil, pero la más importante para las personas de edad avanzada: ir más allá del interés por sí mismas y su vida actual, y aceptar la certeza de la propia muerte. ¿Cómo sentirse positivo ante la propia muerte? Desarrollando el sentido de trascendencia: reconocer que lograrán significación duradera mediante lo que han hecho, los hijos que han formado, las contribuciones a la sociedad y las relaciones personales forjadas.

Vivir en plenitud este último periodo de la vida es todo un reto, que requiere información, formación, preparación y aceptación. Entender, aceptar y acoger a nuestros ancianos; prepararnos a lo largo de la vida para la propia vejez y recibir con humildad las dificultades de esta etapa para vivir en plenitud, es tarea para todos: niños, jóvenes, adultos y ancianos.

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