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Actualizado el 22-05-2008 a las 13:00 hrs.
UNA JUVENTUD DESCABELLADA

Camilo era un muchacho alto, travieso y rebelde, pero también muy sensible con los pobres.

Su madre Camila, le dio a luz a la edad de casi 60 años (por eso la llamaron Santa Isabel), el 25 de Mayo de 1550, día de Pentecostés y de San Urbano, Patrono del pueblo de Buquiánico en Abruzzi (Italia).

Antes del nacimiento, su madre lo vio en sueños al frente de un escuadrón de muchachos; todos ellos con una cruz roja en el pecho. Ella se preguntaba: ¿se convertiría su hijo en jefe de bandidos? Todo ello la hacía presentir su vivacidad e indocilidad, causa de angustias y lágrimas. 

Su padre, Juan de Lelis, militar y de noble familia, no se preocupaba mucho por este muchacho alocado.

Cuando apenas Camilo tenía 13 años, muere la madre y su padre empieza a ocuparse de él. Lo pone en la escuela, pero a Camilo no le gusta estudiar.

El tiempo pasa y a los 19 años decide seguir a su padre en la carrera militar. Esto a él sí le gusta. Entonces dejan su morada rumbo a Venecia para alistarse en la guerra contra los turcos. Pero antes de llegar, el padre de Camilo se enferma gravemente y muere. Camilo se queda solo en el mundo y con una molesta ampolla sobre uno de sus tobillos, que luego se convierte en llaga. Esto lo asusta y resuelve  ir a Roma al Hospital de Santiago de los Incurables, refugio de los enfermos más pobres e incurables. Allí lo admiten como un desdichado cualquiera. El acepta trabajar como empleado mientras sane su llaga.

 Trabaja según el capricho y el estado de ánimo en que se encuentre. Con frecuencia descuida a los enfermos y se vuela del hospital para jugar naipes o a los dados, con los compañeros o con los brqueros del río Tíber. 

Las directivas del hospital lo amonestan varias veces y al fin lo expulsan por incorregible, pues Camilo se deja llevar por el ansia de libertad y de aventura.

 En su afán de ganar dinero para su empedernida pasión por el juego, se alista en las tropas mercenarias de Venecia, y después en las de España. Toma parte en las acciones militares de Zara y Corfú (Dalmacia) y de Túnez en Africa. Las armas le dan una buena paga, que juega puntualmente...; es una obsesión. Pero como siempre pierde todo, y un día debe entregar al ganador la espada y el arcabuz, su preciosa capa nobiliaria y hasta la camisa.

 Camilo se ve enfrentado a una dura alternativa:  o robar o mendigar; entonces prefiere extender la mano y pedir limosna en Manfredonia.

Por buena suerte allí, los Padres Capuchinos necesitan un peón de albañil y Camilo, un gigante marcado por pericias y aventuras y obligado por el hambre, acepta. Pero está decidido a regresar a la vida militar y al juego cuando pase el invierno. No sabe hacer otra cosa. ¿Seguirá así por toda la vida?

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